Meritocracia para pobres: el negocio de la educación

Educación y clientelismo

El escándalo del Caso Cifuentes ha vislumbrado una práctica, al parecer bastante común, de las “democracias avanzadas”, o por lo menos de la España “democrática”. El clasismo está instaurado en nuestro ADN: a las personas se les mide en función de la clase social a la que pertenecen.  Venimos marcados por una serie de intersecciones, como el género o la clase social. Y en este caso las personas que están en la parte inferior de la pirámide, las clases bajas, son las más perjudicadas. Véase quiénes estamos sufriendo la interminable decadencia económica.

Las personas que gobiernan y que han gobernado, dando igual el color político, han defendido la idea de la meritocracia. Y por lo que se ve no la practican demasiado. La meritocracia es un invento de siglos pasados, para justificar el poder de las élites sobre las clases populares.  El ideal que propugna es que sólo las personas mejor preparadas van a poder llegar a puestos de responsabilidad. La RAE la define como:

1. Sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales.

Llegar a la universidad ha sido un logro para muchas de las personas de nuestra época,  descendientes de familias campesinas de la España franquista. Nuestr@s progenitor@s sólo pudieron alcanzar los estudios primarios, algun@s ni eso, porque no les dieron la oportunidad; no tenían dinero para poder sufragar los gastos que supone estudiar durante tantos años. La universalización de la educación es un logro de las clases bajas y para las clases bajas. Eso posibilita, o por lo menos lo parecía, que las clases menos pudientes alcanzáramos los puestos de responsabilidad y de poder, aquellos que se miden según los méritos. La democracia podría llamarse como tal. Sin embargo, la democracia es una carta que tiene doble cara.

Los partidos conservadores defienden la meritocracia. Enarbolan el discurso del esfuerzo y la constancia, y su lema es el “que quiere puede”. Como se ha comprobado con el caso del No Máster de Cifuentes, y que ha levantado una polvareda de “titulitis conservadora”, las clases dominantes actúan de manera clientelar. Utilizan medios popularmente conocidos como los “enchufes” y así es como se van sucediendo en los puestos de poder. En la izquierda, para que ninguna persona me corrija, también pasa. Ya hemos visto cómo se adjudican puestos entre pares, hombres, en el partido Podemos: la hermandad de los hombres. Y detrás, ahí estamos nosotras, siguiéndoles la corriente. Todas éstas prácticas  se pueden ligar a dinámicas de reparto del poder entre los mismos. Prácticas basadas en la reproducción del linaje. En este caso en la reproducción del poder masculino frente a los otros, unido por el poder que detentan las élites frente al pueblo. Según este sistema, nada objetivo, se ha ido construyendo el Estado. Es algo difícil de explicar pero siendo simplista se podría decir que es el pacto de los grandes jefes de “parientes lejanos”.

En esa linea de pensamiento se encuentra el esquema de Bobbio (1985). Según este autor “El Estado, […] está caracterizado por relaciones de subordinación entre gobernantes y gobernados, esto es, entre detentadores del poder de mandar y destinatarios del deber de obedecer, que son relaciones entre desiguales (Bobbio, p. 15). Esa desigualdad entre los mismos ha sido el eje central de la formación del Estado moderno. Dice así ” El Estado constitucional se asemeja a una familia en grande o atribuye al soberano los mismos poderes del patriarca, el padre o el amo; señores con diversos títulos o con diferente dominio en la sociedad familiar.” (Bobbio, p. 16).

Una de las luchas fundamentales ha sido, y continúa siendo, la primacía de lo público frente a lo privado. Tal como explica el autor, antes referido, lo público pone en la base el interés colectivo frente al interés individual. Esa prioridad de lo público entiende que lo colectivo, el pueblo o la nación, son antes que el individuo. Esa idea precedida por el ideal aristotélico señala que: el bien común es el producto de la contribución que cada una de las personas realizan con todas las demás de manera solidaria, y de conformidad a las reglas de la comunidad. (Bobbio, 1989)

La democracia española busca el interés general aunque si se tiene en cuenta que modelo económico sostenemos confronta con el ideal de solidaridad y bien común. Nuestra Constitución tiene como principios conformadores: la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran. Y proclama:

Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.

Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.

Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.

Establecer una sociedad democrática avanzada 

 

La Constitución, para las personas de nuestras generaciones que hemos nacido en democracia, ha quedado en papel mojado. Es cierto que no puedo comparar la vida de mi madre con la mía, porque gracias a su esfuerzo hoy tengo más formación académica que la que pudo tener ella. Pero, como sucedió en su momento con las generaciones que vinieron del campo, las personas que descendemos de familias pobres, aunque tengamos titulación y nos hayamos esforzado por conseguirla, seguimos sirviendo a los mismos a los que lo hicieron nuestras familias. La estructura social se mantiene y las instituciones no han hecho nada, evidentemente, para que eso cambie (ver mi blog respecto a Intersecciones clase y género. Disponible en: http://malamadrefeminista.bloges.org/1514663112/feminismos-encontrados-dialogos-dominantes/)

Con el Caso Cifuentes la tela de araña está atrapando a más personas. Y qué quiere que les diga, pero ese me duele. Me duele el desprestigio de la “democracia”, pero sobre todo de la educación. Y me duele que el esfuerzo de todas las familias humildes sirva para que se llenen los bolsillos las “representantes” de nuestro Estado. No olviden que mantenemos el Estado y la educación pública es un bien común de todas las personas. Ensuciarla es ensuciar uno de los pilares fundamentales del mismo. Sin educación pública no hay igualdad.

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Autor: monomadrefeminista

Politóloga y agente de igualdad, aunque no me dedico a ninguna de las anteriores; actual investigadora y madre a tiempo parcial (precariada) porque hay que emplearse fuera del ámbito doméstico. Reivindicativa y crítica con el sistema patriarcal capitalista.

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