Maternidad feminista: el poder de las mujeres

El poder silenciado

Llevo un tiempo reflexionando porque algunas feministas hablan de la maternidad  como si fuese el talón de Aquiles de las mujeres. Pretenden poner voz a todas, según el tipo de crianza que practican, y entienden que no existe la posibilidad en el que una mujer decida por sí misma, viéndose como una imposición del Patriarcado cualquiera de las opciones elegidas. Juegan como la ideología dominante en aras a que todo lo impregna. Y sin darse cuenta, homogeneizan el movimiento con un discurso silenciador de la(s) maternidad(es), como si fueran “madres superioras”. No ven posible que una mujer pueda empoderarse siendo madre. Caen en el paternalismo que tanto critican(mos) y además reducen la maternidad bajo un tipo de familia: la tradicional.

Hasta que no se viven las experiencias, pueden estudiarse e investigarse, pero nunca se pueden conocer de primera mano. Esa es la gran cuestión con la maternidad y el(los) feminismo(s). Y no se puede hablar desde una sola experiencia sino de todas aquellas vivencias que abarcan las mismas. Quizá, por eso, en el estudio de la maternidad siga sin existir un análisis pormenorizado, porque va más allá de la sociedad y entra en el ámbito de lo personal: cada cual su propia elección, teniendo en cuenta sus propias circunstancias y limitaciones. Pero sobre todo, porque se ve desde el reduccionismo ideológico: la crianza inexcusable.

En el caso que estoy tratando sobre la maternidad, el mensaje que manda el feminismo dominante, es la retahíla de trabajo “esclavo”limitante para las mujeres que la ejercen. Es un feminismo que sigue impregnando el discurso con un oscurantismo hacia una parte de las mujeres.  Porque se les olvida que hay mujeres que quieren ser madres, más allá de lo que ofrece en la actualidad el ámbito mercantil. Y la clave está que ese feminismo hace crítica de esas maternidades libres, sin poner en valor la maternidad y todo el trabajo que conlleva la misma.

Con la entrada del nuevo siglo, las diferencias que persisten entre mujeres y hombres respecto a los cuidados, vislumbran que éstas siguen haciéndose cargo del mayor tiempo de trabajo que implican los mismos, lo que produce su cuestionamiento, y se ve como un impedimento para las mujeres en el desarrollo de otras facetas, principalmente en el mundo del mercado. Y señalan que es una alienación de las mismas al Patriarcado, al sistema que las(nos) oprime. Por eso hay que huir de ella o buscar el compromiso del hombre en los cuidados. Quizá sólo así, creen(mos) que cambiará la situación actual.

Infravaloración del mundo femenino: el trabajo de cuidados

La falta de valorización que se ha hecho de la maternidad es una de las cuestiones que me planteo desde que fui madre. Y más si se tiene en cuenta que existe dentro del movimiento feminista una corriente que aboga por marcar las diferencias biológicas de hombres y mujeres, donde lo femenino sea revalorizado; el acercamiento a la naturaleza a través de ella, donde la maternidad es el eje de la metamorfosis. Como dice Patricia Merino (2018) “las mujeres solo vamos a ser reconocidas como iguales cuando la maternidad sea reconocida como una aportación imprescindible, fundacional y extremadamente valiosa para la sociedad”. Sin embargo, es un discurso que no ha calado, ya que lo que pretende el eje dominante, dentro del movimiento, es igualarnos a los hombres en el ámbito público, donde la existencia del ámbito que necesita cuidados, para que sobrevivamos y tengamos bienestar,  sea cubierto a través del Estado,– en el mejor de los casos- sino a través de empresas dedicadas a ello.

Tal cual se ha diseñado este mundo, solo se tiene en consideración aquellas actividades que aportan “riqueza” y “valor” al sistema. Esto es, las que se catalogan como masculinas,  abandonado las restantes y dejándolas en el olvido. Por tanto, es una necesidad salir fuera para tener “autonomía” económica. No obstante, en el contexto actual de precariedad laboral, las mujeres nos llevamos la peor parte, y las madres tenemos que hacer malabares para poder compaginar ambos ámbitos, lo que nos produce un problema a largo plazo. No sólo laboral, y por tanto económico,  sino también de salud. El estrés y la ansiedad merma nuestras vidas, lo que hace que no podamos ejercer nuestras maternidades en libertad.

En la actualidad jugamos con las reglas del juego marcadas, y eso la corriente dominante no lo ha puesto en cuestión. Se duda que los hombres no se hayan incorporado a ese mundo de los cuidados, pero no se discute que ese mundo tenga un espacio en el mundo actual. Es decir, poner el cuidado en el centro de las políticas, para que el mundo del mercado se adapte a este y no al revés. Es así que se hace necesario transformar el espacio, dándoles cabida; hay que tener presente que estos, en una extensión generalista, están en todas partes, no sólo en el espacio privado-doméstico. Las personas necesitamos ser cuidadas en todos los ámbitos de la vida.

Mundo Ideal: el Estado de cuidados

Existe un mundo ideal y utópico: el Estado de cuidados. En ese Estado se ha decido priorizar por las personas y consideran que cuanto más y mejor cuidadas estén, el Estado ostentará más riqueza.  El Parlamento del Estado en su Constitución los ha blindado como derechos inalienables; ellos consideran que son fundamentales para el desarrollo de la sociedad. Por eso, en ese Estado, se fomentan políticas públicas transversales para que se dé armonía entre la vida y el trabajo. En ese mundo se paga a todas las personas cuidadoras que trabajan dentro de la esfera privada-doméstica. En ese mundo todas las personas conocen de primera mano qué es cuidar, ya que se enseña en las escuelas, en las empresas, en cada uno de los lugares donde se desarrollan cada una de las personas de ese Estado. No existe distinción por sexos, todos y todas cuidan. Es más, existe un día en la semana que se conmemora el Día del Cuidado, y se da las gracias por facilitar la vida a los demás.

Esa utopía que estoy contando no podría darse en el contexto actual, porque no habría ningún Estado que pudiera soportar tal situación. Vivimos en una sociedad en el que se ha priorizado el mundo del capital frente a la sociedad; un mundo bipolar, enfrentado y dividido. Pensemos que habría que remunerar a cada una de las personas que ejercen el cuidado. Estoy hablando, por ejemplo, de pagar a personas que en la esfera mercantil tienen a su cargo personal, gestionando y planificando el día a día de su plantilla. Esas personas en el mercado cotizan y tienen cierta “seguridad”. También esas personas cuando acaban su jornada laboral, y hasta el día siguiente, no comienzan otra. Eso es lo que hacen las personas que se dedican al cuidado, por asemejarlo al mundo del mercado, aunque con mayor carga personal y temporal: se reduce la vida de una a la de otra persona. Es por eso, que parece curioso que dicho trabajo no se haya puesto en valor y se considere como un trabajo menor, como si fuese sencillo y sin ninguna responsabilidad.

La maternidad poderosa

La maternidad da muchas herramientas que se pueden trasladar al mundo del mercado, al funcionamiento diario de las empresas; dando igual al sector al que una persona se dedique. Es interesante que si un hombre es padre eso le añade valor, muestra su responsabilidad para con los demás, y se ve como un punto fuerte. Para una mujer es todo lo contrario, es una lápida para su carrera profesional. La concepción de la maternidad en la mujer está subestimada, en ella se encuentra su propia naturaleza; la identidad que se nos ha adjudicado. Pero es por esa misma adjudicación, las mujeres podemos ejercer nuestro empoderamiento. A través de la maternidad en mi propia experiencia ha sucedido. Gracias a ella me he transformado y he empezado a replantearme todo lo aprehendido; haciéndome preguntas a mí misma del mundo actual. Un mundo injusto en todas sus vertientes.

Las estructuras que se han creado para supeditarnos siguen presentes. Por eso a través de las maternidades podemos deconstruir ese mundo desde varios focos:

  • Educando en el feminismo
  • Revalorizando el papel de las mujeres en TODOS los ámbitos
  • Construyendo puentes entre ambos mundos, el masculino y el femenino

No quiero renegar del poder que tengo como madre. Porque esa es la clave para transformar la sociedad. Si considero que esa maternidad,  y todo el proceso radical que conlleva la misma para mi vida, es impuesta y no valoro mi trabajo, estoy cayendo en el discurso que hace el Patriarcado para desvalorizarme como mujer, no solo como madre. Sé que todas las mujeres no serán madres, pero a todas nos identifican como mujeres. Y aquellas  que cuestionan nuestras maternidades están alimentando el discurso del Patriarcado.

Los cambios sociales se producen cuando existe conciencia colectiva, y siempre que el contexto facilite esa emergencia.  Si las mujeres vemos el poder inmenso que tenemos en nuestras manos podremos hacer el camino para revertir la situación. En mi caso educo a mi hija en el feminismo, aun con mis limitaciones, deconstruyéndome cada día de todo lo que aprendí. Porque también tengo actitudes machistas, pero sé que porto un arma poderosa: mi propio ejemplo.  

Porque para erradicar un problema se tiene que ir a la raíz del mismo. 

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Bibliografía:

Merino, P (2018): Maternidad y políticas: confusiones, falsedades y mandatos, disponible en http://www.pikaramagazine.com/author/patricia-merino/

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Autor: monomadrefeminista

Politóloga y agente de igualdad, aunque no me dedico a ninguna de las anteriores; actual investigadora y madre a tiempo parcial (precariada) porque hay que emplearse fuera del ámbito doméstico. Reivindicativa y crítica con el sistema patriarcal capitalista.

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