El discurso de odio

Y ganaron las de siempre: las élites.

Hoy se hace necesario hacer un paréntesis en los post que habitualmente dedico para economía-política y trabajo de cuidados. Es imprescindible reflexionar qué está pasando en nuestro país, también en el resto de Europa y el mundo, y cómo el discurso de odio campa a sus anchas sin cuestionarse.

Las desheredadas

Vivimos tiempos difíciles, sobre todo para las desheredadas, las pobres que no tenemos nada. Las élites nos quieren robar el futuro y los sueños, abocándonos a la precariedad de por vida. Ellas nos condenan a la incertidumbre, a la pobreza heredada y nos infunden pánico de perder lo poco que tenemos, si es que tenemos algo.

De repente se cuela, una vez más, el odio, el patriotismo enfermo y la imposición por omisión de intereses mucho más serios e importantes que el conflicto catalán. Una vez más un discurso cargado de miedo a las otras, a las de fuera, a las que viven peor que nosotras: una competición de la penúltima con la última. Una competición del sálvese quien pueda. Sin embargo, nunca nos preguntamos, ¿quiénes van a poder salvarse en este mundo donde solo el dinero te da la salvación?

En un sistema de competitividad extrema, de economía salvaje y de la ley de la más fuerte, nos queda a la desheredadas abrazar discursos que venden humo: son salva patrias que han vivido de lo público toda la vida. Y otras, muy listas ellas, son representantes de las élites. Son aquellas a las que les viene muy bien destruir lo que se ha construido con siglos de lucha: derechos sociales, laborales o civiles.

Una vez más, nos enfundamos en banderas nacionales porque nos da sentido de pertenencia. Hemos perdido todo y no queremos perder también la patria. Nuestra identidad se disuelve en un mundo globalizado, donde la diversidad cultural es imparable. Nosotras lo vemos como un ataque a nosotras mismas, porque cuando no tenemos nada, perder lo poco que nos queda, nos da miedo. Juegan con nuestras emociones, ellas lo saben. Lo hicieron en el pasado y lo vuelven hacer. Así son las élites.

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Ellas se hacen las víctimas y critican el progresismo como si fuese una dictadura. Escupen por su boca odio basado en la xenofobia, el machismo o la homofobia. Ellas consideran que los avances conseguidos han hecho desvirtuar el orden natural de su patria. Se basan en la naturaleza, como lo hicieron en su momento otras dictaduras. Infundan espadas contra los derechos humanos, el orden constitucional y el Estado de Derecho. Es el yo contra todo lo demás.

Y nos preguntamos, ¿quién podría votar a partidos que enarbolan discursos así?

Cualquier persona que se vea sin alternativas podría caer en discursos simplistas que van contra sí mismas. Cuando perdemos todo y no sabemos quiénes ha podido ser las culpables de esa pérdida, buscamos a las otras. Podemos enclaustrarnos en ideas pasadas, en algo que pudo ser mejor y no fue. Porque si algo nos da miedo es ser desheredadas, pobres. Teniendo en cuenta que somos mayoría las que vivimos de las rentas del trabajo, y podemos caer en la pobreza y ser vulnerables en cualquier momento, un discurso para las nuestras nos supone una sanación. Lo estamos viendo en la actualidad: mientras las ricas cada vez son más ricas, las pobres somos cada vez más pobres.

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Y ¿cómo repartimos las culpas?

En primer lugar, podemos decir que son aquellas que tienen los medios de comunicación e información y divulgan  dichos discursos sin ningún tipo de filtro democrático. Es evidente que las que ostentan el poder les interesa crear un falso teatro de desorden y caos para que tengamos miedo. Jugar con el miedo es típico cuando parte de la población está despertando de un largo letargo. De esa forma, las que aun siguen dormidas, tienen miedo a perder lo poco que tienen, si es que tienen algo, y necesitan palabras que les devuelvan la ilusión por un pasado que se perdió por la propia desmovilización social.

En segundo lugar, y no podían faltar, los gobiernos de turno. El sistema capitalista se ha ido desregulando y descontrolando: la competitividad de las empresas se fundamenta  en el dumping social y en la creación de filiales pantalla en aquellos países que a nivel impositivo les son más favorables, para que así sus accionistas cada vez sean más ricas. Esas élites que cada vez son más ricas, más poseedoras y más poderosas se nutren de esas desigualdades, discriminaciones y opresiones. Las empresas están en menos manos y siempre en las mismas (veáse Amazon, Google o Inditex). También, esas élites son parte de los gobiernos, influyendo en las decisiones que se toman, porque para ellas es necesario que las desheredadas no tengamos ese poder, y de esa forma ellas pueden seguir manteniendo su estatus a lo largo de la historia. Las que no podemos llegar ahí, a esa competición, nos tenemos que conformar con votar cada 4 años.

Los discursos de odio (aleteado por la extrema derecha y la derecha de éste país) viene cuando unas situadas en la cúspide nos dicen que la inmigración “descontrolada” es un problema para nosotras porque vienen a aprovecharse de los servicios públicos de nuestro país, reciben más ayudas sociales y se benefician más que los nacionales del Estado de bienestar (véase el disparate del debate electoral del líder de Vox). Sin embargo, no nos dicen que el movimiento y circulación de capitales sin control ni regulación es lo que hace que las patrias de banderas de colores pierdan ingresos para que todas podamos disfrutar de un mínimo de bienestar. Nos cuentan muchos cuentos de naciones, pero luego sus dineros están en otros lugares, lejanos o no, pero que no tienen mucho que ver con su patria. Y situan a las otras, otras más pobres, como chivos expiatorios, para que ellas, más ricas, puedan deshacer a su antojo e interés para reproducirse a lo largo de los tiempos.

El pacto social tras la II Guerra Mundial hizo que el Estado de bienestar alcanzara su máximo esplendor. Era necesario reconstruir Europa y la mejor manera de hacerlo era con el compromiso de establecer la paz social y dar un mínimo de bienestar a toda la sociedad. Ahora todo ha desaparecido de un plumazo, y tras la crisis financiera que estalló en 2007, y que como apuntan muchas voces, parece que volverá otra más, la mayoría social cada vez tenemos peores condiciones de vida y éstas son cada vez más precarias. El sueño del progreso ha costa de la mayoría de la sociedad, también del planeta, ha muerto. Siento decirlo. O transformamos el modelo económico, por uno más justo que equilibre las balanzas entre ellas y nosotras, o la mayoría seremos para siempre desheredadas.

fayanas4

Ver Teoría de las élites aquí

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