La sostenibilidad de la vida: conflicto capital vs vida

De la economía de mercado a la economía del cuidado

Estamos inmersas en una crisis sistémica, pero aun seguimos inertes a las consecuencias que de ella se derivan. Las soluciones que se han tomado a corto plazo para mantener a flote los mercados nunca van a la raíz del problema. Según Harvey (2004) los procesos de crisis y las soluciones que se dan son verdaderos procesos de acumulación por desposesión (programas de ajustes estructurales o políticas de austeridad) cuyas consecuencias afectan directamente a la mayoría de la sociedad. A través de la privatización del sector público o su reducción, así como la caída de los salarios y del empleo, condenan a una parte importante de la población al empobrecimiento. Como señalaría Marx (Citado en Carrasco, 2017. Léase aquí) el capitalismo acabaría destruyéndose a sí mismo por ser un sistema depredador de la naturaleza: el cambio climático es un hecho y negarlo es sacrificar a las generaciones futuras. Por tanto, vamos a ver qué podemos hacer para transformarlo.

Para dar alternativas al mismo, se hace imprescindible partir desde la economía feminista. Ésta cuestiona las bases de la economía clásica, replantea los esquemas de análisis de la realidad social y económica, elaborando nuevos conceptos para dar una visión no androcéntrica de los problemas que se nos presentan. De esa forma, se pueden construir nuevas maneras de ver el mundo que nos rodea y, también, así, poderles dar solución desde otras perspectivas que hasta el momento no se habían planteado. Además, se hacen desde planteamientos donde contamos todas las personas.

Varias son las críticas que realiza la economía feminista al orden establecido. Entre ellas, se encuentran tres cuestiones: la reproducción social y el trabajo doméstico y de cuidados (a partir de ahora trabajo de cuidados), la expropiación e invisibilización de dichos trabajos y, por último, la crisis de los cuidados. Estos últimos englobados desde el contexto de los países occidentales. Así podremos llegar a saber cómo sostener la vida y qué acciones llevar a cabo para que nuestra vida, pero también la de todas las personas sea una vida digna de ser vivida.

La supervivencia del sistema capitalista: reproducción social y trabajo de cuidados

A partir de la <<metáfora del iceberg>>, planteado por la economía feminista, se muestra una paradoja: cómo el ocultamiento de una esfera facilita y permite la visibilidad de la otra.
Elaboración propia.

La economia dominante se fundamenta sobre varias premisas que se han cuestionado desde la economía feminista: la individualidad y la independencia (autonomía). Cristina Carrasco lo explica con la metáfora del hongo. Cuestiona a Hobbes y Adam Smith, ambos “padres” políticos y económicos:

Llegamos a la edad adulta y nos encontramos en la misma como si de pronto hubiésemos crecido sin ningún tipo de necesidad de cuidados. Además, todas las personas, independientemente de sus circuntancias de partida, según éstas teorías, se incorporan al mercado en las mismas condiciones. Esto es, se nos presenta como seres individuales, independientes y con autonomía plena para competir en la esfera pública.

La Economía Clásica es ciega a las otras, a aquellas personas y colectivos que están fuera de ese homo economicus y, por tanto, oscurecen los espacios fuera del mercado, los condena al espacio doméstico-privado, o a un limbo donde no se sabe muy bien qué aportan a la sociedad (ejemplo voluntariado). Nuestras vivencias están bajo el yugo de lo monetario y lo productivo. Si no se produce tenemos un problema porque no se es rentable para el sistema (veáse las cuentas satélite del trabajo no remunerado aquí).

¿Qué hacemos el resto de personas que no estamos dentro de ese marco?

Personas con responsabilidades del cuidado, personas con diversidad funcional, y también aquellas personas que delegan sus cuidados (lavar, cocinar, planchar, etc. también cuidado de familiares) a terceras personas. El conflicto de estas personas, con condiciones sociales-económicas más beneficiosas, se lo han trasladado a otras mujeres que se encuentran en peores circunstancias que las autóctonas, subordinándolas y condenándolas a situaciones precarias (véase cadenas globales del cuidado aquí). Es decir, la incorporación masiva de las mujeres de clase medias y medias-altas en los países occidentales, principalmente en el caso del sur de Europa que no han desarrollado una red pública de cuidados, ha provocado que otras mujeres más pobres tengan que solventar el conflicto del cuidado vs empleo.  Entonces, nos encontramos con  la no corresponsabilidad. Y cuando se habla en este espacio de corresponsabilidad, no solo nos dirigimos a los hombres, sino a toda la sociedad, las empresas y los Estados.  Porque todos los agentes tienen la responsabilidad para con el cuidado. Además, esa falta de corresponsabilidad ha derivado que el conflicto se esté trasladando a las otras, otras más pobres, sin cuestionarse las fallas de este sistema. Esto está creando nuevas desigualdades y discrimaciones por situación social y/o lugar de procedencia de las mujeres, construyendo una falsa igualdad para aquellas mujeres que sí disponen de poder económico (veáse aquí). Esto es desde un perspectiva falsa, feminista liberal, aquella que es hegemónica y tiene mayor influencia en los círculos de poder.

Expropiación e invisibilización del trabajo de cuidados

El bienestar de una sociedad es esencial para su desarrollo. La crisis de la COVID-19 nos ha mostrado la fragilidad del ser humano y la necesidad imperiosa de los cuidados y la inversión que debería de haberse hecho y no se hizo. Tras la crisis de 2007 se paralizó el desarrollo de la Ley de Dependencia, recortando las partidas de la misma. Tampoco se llevó a cabo el proyecto de ampliación de escuelas infantiles públicas de 0-3 años, enfocado para el desarrollo de la infancia temprana. Y hemos visto, por desgracia, lo que ha pasado en nuestras residencias de ancianxs. Algo que nos debería hacer reflexionar y que tendremos que replantearnos.

El trabajo de cuidados no se contabiliza, ya que no existe relacion directa con el mercado. Esto es, el trabajo de cuidados que se produce desde de las familias, principalmente mujeres de distintas generaciones, aunque es primordial para el mantenimiento del sistema, está oculto porque no se produce dentro del mercado, sino en el ámbito doméstico-privado. Por tanto, todas las tareas de cuidados son expropiadas por el sistema para que éste pueda seguir funcionando y se pueda mantener a lo largo del tiempo.

Ponemos un ejemplo para que se pueda entender: una persona que reduce jornada en el mercado porque tiene que hacerse cargo del cuidado de un familiar. Ese cuidado del familiar al sistema le sale gratis, pero para la persona tiene un coste de oportunidad. Tendrá reducción de salario por la reducción de jornada; verá limitada la proyección profesional; disminuirá sus posibilidades de formación, etc. Esa persona se verá afectada durante su ciclo vital porque sus oportunidades laborales se verán mermadas, pero además le afectará en el futuro: su pensión de jubilación dependerá de su aportaciones a lo largo de su trayectoria laboral. De esa manera aquellas personas que deleguen los cuidados a otras, tendrán mayor disponibilidad para estar presentes en el mercado. Aquí hay que tener en cuenta distintas intersecciones: género, clase social, lugar de procedencia, edad, lugar de resindencia (rural/urbana), etc.

Según datos de la Seguridad Social y de la EPA para diferentes años (2017, 2018, 2019 y 2020) en nuestro país:

  • Un 97 por ciento de mujeres han pedido excedencias por cuidados frente a un 3 por ciento de los hombres.
  • Un 23 por ciento de mujeres tienen jornadas parciales frente a un 7 por ciento de hombres.
Tipo de jornada por sexo (2019). Datos: EPA
  • La incidencia de los hijxs en el empleo de las mujeres es una reducción de la actividad. Se pasa de una tasa de empleo del 74 por ciento al 67 por ciento. En caso contrario, los hombres, de una tasa de empleo del 75 por ciento pasan a un 86 por ciento.
  • La pensión media de las mujeres es de 877 euros frente a los 1.332 euros de los hombres.
  • La ganancia mensual para todos los grupos de edad se da una brecha de género (aquí no analizaremos):
Ganancia mensual por grupo de edad y sexo (2017). Datos: EPA

Entonces, ¿cómo solventamos las brechas de disponibilidad de tiempo para los cuidados vs empleo? ¿cómo lo hacemos teniendo en cuenta la nueva situación dada por la pandemia? ¿cómo implicamos a toda la sociedad en el cuidado de los demás, principalmente a los hombres? ¿cómo incentivamos a las empresas para que desarrollen e implementen políticas de corresponsabilidad y de conciliación? ¿cómo creamos una red pública de cuidados?

Para las que nos dedicamos a los estudios de políticas públicas y del desarrollo de los Estados del Bienestar ponemos como modelo a seguir los países nórdicos, como Suecia. Aunque tampoco han reducido las brechas de género en los cuidados, sí han alcanzado mejoras para la incorporación de las mujeres a la actividad económica y el reparto es más equitativo entre hombres y mujeres en cuidado de familiares. La red pública de cuidados comenzó en los años 1970, y en consonancia con otras medidas, sigue siendo un país innovador en políticas sociales (veáse aquí). Es hora de fijarnos más en nuestrxs vecinxs europeos y menos en países que han liberalizado el cuidado como si de un negocio se tratara.

Bibliografía

Harvey, D. (2004): El nuevo imperialismo. Madrid: Akal

 

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